Categoría: Originales

  • Narcotráfico hoy: un hijo del futuro que exige comprensión y acción

    Tal vez en los últimos días has leído, escuchado o visto en distintos medios notas que informan sobre la entrega, traslado o envío de personas vinculadas al crimen organizado de México a Estados Unidos, así como detenciones relevantes, operativos coordinados y declaraciones oficiales que circulan con rapidez en redes y portales informativos. La avalancha de información no es menor y, como suele ocurrir, llega acompañada de interpretaciones simplificadas, juicios inmediatos y narrativas que apelan más a la emoción que a la comprensión.

    Antes de formarte una opinión definitiva, es necesario entender una parte del fenómeno que no siempre se explica: estos hechos no ocurren de manera aislada ni responden únicamente a decisiones coyunturales. Forman parte de un entramado legal, político y social mucho más amplio, en el que convergen cooperación internacional, marcos jurídicos distintos, intereses estratégicos y un problema de fondo que no se resuelve solo con detenciones o traslados.

    Este artículo no busca justificar ni minimizar la violencia ni los delitos asociados al narcotráfico. Su intención es aportar contexto, distinguir entre mercantilización y violencia, y ofrecer elementos para comprender por qué el crimen organizado es un fenómeno complejo, profundamente adaptado al mundo contemporáneo, y por qué su combate requiere algo más que respuestas inmediatas o espectaculares.

    Entender no es tolerar.

    Comprender es una forma de prevención.

    El narcotráfico no es simplemente “gente vendiendo drogas”; es la columna vertebral de una actividad criminal transnacional compleja que engloba producción, transporte, distribución, lavado de dinero, violencia y vínculos con instituciones públicas y privadas. Esta complejidad hace que sea mucho más que un problema de seguridad pública: es una realidad social, económica y política interconectada.  

    El narcotráfico genera enormes beneficios ilícitos que financian no solo la compra y venta de drogas, sino también redes de corrupción, tráfico de armas y otros mercados criminales.  

    No es un “fenómeno local”, sino global: las rutas, los mercados y las consecuencias se distribuyen en múltiples regiones y países.  


    Una diferencia clave:
    violencia instrumental
    vs violencia directa

    La historia del derecho internacional nos recuerda que ciertos delitos fueron fáciles de nombrar y castigar porque su violencia era directa, visible y localizada —como fue el caso de la piratería marítima, que consistía en ataques violentos en alta mar sin ninguna estructura estatal detrás. Esa violencia era tan específica y clara que los Estados pudieron acordar cómo perseguirla internacionalmente.

    El narcotráfico, en contraste, utiliza la violencia como herramienta para proteger intereses económicos, y no como su objetivo principal. Es decir: la violencia no es el propósito final, sino un medio para sostener un mercado.  

    Esto explica por qué los marcos legales tradicionales no lo tratan de la misma manera que, por ejemplo, una agresión militar, un crimen de guerra o incluso esa antigua figura de piratería.

    Aquí surge una reflexión que puede ser difícil, pero necesaria:

    • El derecho penal moderno se basa en la responsabilidad individual. No se castiga a nadie por ser parte de un colectivo o por el solo hecho de pertenecer a un territorio donde hay violencia o crimen organizado.  
    • La noción de “culpa colectiva” no es jurídicamente aceptada en sistemas democráticos, precisamente para evitar persecuciones injustas de grupos enteros sin pruebas de participación directa.  

    Sin embargo, nuestros comportamientos individuales y sociales sí pueden alimentar o frenar el problema. Por ejemplo:

    • La demanda de sustancias ilícitas sostiene los mercados criminales.
    • La indiferencia social ante la violencia normaliza conductas destructivas.
    • La tolerancia ciudadana a la corrupción mina la efectividad de las instituciones.

    Esto no significa que la sociedad deba “asumir culpa penal” por cada crimen, sino que la prevención y la transformación social son parte del problema y de la solución.

    El narcotráfico no es solo “una banda violenta”; es un sistema adaptable, robusto y conectado. No desaparece porque caiga un líder; se reorganiza, diversifica y muta.  

    Lo anterior se ve día a día en países donde, a pesar de años de políticas enfocadas en la represión, la violencia persiste o incluso se intensifica. La evidencia muestra que:

    • El encarcelamiento masivo no reduce de manera proporcional la actividad del cartel.  
    • Las organizaciones criminales se adaptan más rápido que las respuestas estatales.  

    Es decir, no basta con más fuerza ni castigo; la violencia y la economía criminal requieren enfoques que integren prevención, desarrollo social, fortalecimiento institucional y cooperación internacional.

    Prevención:
    el enfoque que trasciende
    la seguridad

    La prevención no es sinónimo de tolerancia. Es una estrategia integral que funciona de forma complementaria a la justicia y al combate policial.

    Medidas de prevención incluyen:

    ✔️ Educación y acceso a oportunidades dignas

    ✔️ Programas de inclusión social y reducción de desigualdades

    ✔️ Fortalecimiento de instituciones públicas para reducir corrupción

    ✔️ Cooperación internacional enfocada en rutas financieras ilícitas y blanqueo de capitales  

    Los esfuerzos que se limitan solo a fuerzas de seguridad suelen generar efectos paliativos, mientras que los esfuerzos combinados con políticas sociales tienen más probabilidad de generar cambios duraderos.

    El narcotráfico no es un mal absoluto fácil de encasillar: es un fenómeno complejo, con raíces profundas en la economía global, las desigualdades sociales y la interacción entre oferta, demanda y estructuras de poder tanto formales como informales.

    Decir que “es un hijo del futuro” significa reconocer que en lugar de desaparecer, este fenómeno evoluciona con el mundo globalizado y que las soluciones de ayer no bastan para los desafíos de hoy.

    La responsabilidad es compartida:

    • Los Estados deben fortalecer el Estado de derecho, la justicia y los programas sociales.
    • La sociedad debe reconstruir valores y disminuir la normalización de la violencia.
    • Cada individuo puede cuestionar roles, hábitos y actitudes que, sin querer, contribuyen a mantener estos mercados ilícitos.

    La violencia del narcotráfico no puede aceptarse como “normal” ni como algo inevitable. La lucha y la prevención son parte de la responsabilidad colectiva y, sobre todo, de una ciudadanía que quiere comprender para actuar con mayor discernimiento.


    Corte Interamericana de Derechos Humanos. (2006). El narcotráfico como crimen organizado transnacional. https://www.corteidh.or.cr/tablas/R06784-3.pdf

    United Nations Office on Drugs and Crime. (s.f.). Drug trafficking [Organized Crime Module]. https://www.unodc.org/e4j/zh/organized-crime/module-3/key-issues/drug-trafficking.html

    United Nations Office on Drugs and Crime. (n.d.). Convenio de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional. https://www.unodc.org/documents/treaties/UNTOC/Publications/TOC%20Convention/TOCebook-s.pdf

    Galván, M. L. (2021). El narcotráfico como crimen organizado. https://www.redalyc.org/journal/927/92768049010/html/

    Clavería, L. J. R. (2011). El crimen organizado. https://www.galileo.edu/ies/files/2011/04/EL_CRIMEN_ORGANIZADO-IES.pdf

    Prieto-Curiel, R. (2025). Why locking up cartel members does not work. arXiv.

    van Elteren, C. et al. (2024). Criminal networks’ resilience and robustness. arXiv.

    “El narcotráfico”. (s.f.). Wikipedia. https://es.wikipedia.org/wiki/Narcotr%C3%A1fico

    “El Banco Mundial insta a América Latina a priorizar la lucha contra el crimen organizado”. (2025, April 28). El País.

    “El crimen organizado, una hidra que se adapta más rápido que los Estados”. (2025, Nov 10). El País.

  • Del concepto al vocífero: distorsiones comunes del término ‘fascista’

    Aprendamos a usar el calificativo de “fascista”

    1. Introducción: cuando un calificativo supera al hecho

    En las democracias contemporáneas, el lenguaje político se ha convertido en un terreno de disputa. Palabras con un peso histórico profundo —como “fascista”— se emplean para etiquetar, descalificar o describir posturas que una figura considera peligrosas, erróneas o dañinas.

    Este fenómeno no es nuevo, pero sí se vuelve más visible en una era donde las conversaciones públicas se dan tanto en instituciones como en plataformas digitales.

    El caso reciente entre Grecia Itzel Quiroz García, alcaldesa de Uruapan, y el senador Gerardo Fernández Noroña, es un ejemplo ilustrativo para analizar cómo ciertos términos pueden escalar un conflicto político y generar nuevas capas de tensión.

    2. Línea de hechos: qué ocurrió y por qué importa

    Tras el asesinato del entonces alcalde Carlos Manzo, su esposa Grecia Quiroz asumió la presidencia municipal de Uruapan, heredando no solo el cargo, sino un contexto complejo marcado por los enfrentamientos entre la autoridad local y el crimen organizado. En fechas recientes, Quiroz hizo declaraciones públicas en las que vinculó a actores políticos con el homicidio de Manzo. El senador Gerardo Fernández Noroña respondió señalando que tales acusaciones son “irresponsables” y calificó a la alcaldesa como “fascista”. El calificativo detonó reacciones inmediatas desde varias fuerzas políticas: algunos acusaron violencia política; otros defendieron el derecho a la crítica.

    Más que el intercambio de declaraciones, importa lo que el episodio revela sobre el uso de ciertos términos en la vida pública.

    3. Fascismo: de concepto histórico a arma discursiva

    El fascismo original fue un movimiento político estructurado, con características reconocibles:

    Control absoluto del poder, eliminación de la oposición, culto al liderazgo, nacionalismo extremo, intolerancia hacia cualquier disidencia.

    Hoy, sin embargo, el término se usa para señalar conductas que se perciben como autoritarias, aunque no estén vinculadas a un proyecto totalitario.

    ¿Qué se pierde cuando se usa el término fuera de contexto?

    La palabra deja de describir fenómenos reales y pasa a ser un adjetivo emocional. Se confunde a la ciudadanía, que puede asumir equivalencias que no existen entre hechos actuales y regímenes históricos. Se polariza la conversación, pues el término cierra puertas al diálogo y transforma una diferencia política en una confrontación moral absoluta.

    4. La disputa política: ¿qué está realmente en juego?

    Más allá del calificativo, el episodio evidencia tres tensiones políticas relevantes:

    4.1. La legitimidad del señalamiento

    La alcaldesa plantea un reclamo que involucra un asesinato político. El senador responde calificando la postura como parte de una estrategia con fines electorales.

    Ambas narrativas intentan explicar un mismo hecho desde visiones distintas.

    4.2. El uso del lenguaje como herramienta de poder

    Decir “fascista” no describe únicamente un hecho: también puede

    moldear la percepción pública, generar rechazo inmediato hacia la persona señalada, mover el debate hacia el terreno moral.

    4.3. El efecto institucional

    Cuando autoridades públicas sustituyen el diálogo por descalificaciones contundentes, se reduce el margen para:

    esclarecer hechos, conciliar versiones, atender reclamos ciudadanos legítimos.

    El calificativo se vuelve un bloqueo, no un puente.

    5. Riesgos democráticos del mal uso del término “fascista”

    El empleo indiscriminado de esta palabra puede generar:

    1. Normalización del insulto político

    Se vuelve parte del repertorio común y pierde su significado original.

    2. Debilitamiento del debate público

    Las etiquetas ocupan el espacio que debería estar destinado a la argumentación.

    3. Incentivo a la polarización

    Cualquier disentimiento se convierte en una batalla identitaria.

    4. Ceguera ante verdaderas amenazas autoritarias

    Si todo lo autoritario se califica como fascista, es más difícil identificar fenómenos realmente peligrosos.

    5. Desplazamiento del foco del problema

    En este caso, en vez de discutir las acusaciones de la alcaldesa y los hechos que las originan, la conversación gira alrededor del calificativo.

    6. Reflexión final

    El caso de Grecia Quiroz y Gerardo Fernández Noroña es útil para observar cómo una palabra puede transformar la naturaleza de un debate. No determina quién tiene razón o no; lo que muestra es cómo un calificativo puede influir más que los hechos mismos.

    En Gobservadores buscamos separar ambos planos:

    los hechos deben documentarse, los calificativos deben analizarse, la interpretación debe quedar en manos del lector.

    Comprender el peso real de términos como “fascismo” ayuda a mantener la conversación pública en un terreno informado, responsable y útil para la vida democrática.