Aprendamos a usar el calificativo de “fascista”
1. Introducción: cuando un calificativo supera al hecho
En las democracias contemporáneas, el lenguaje político se ha convertido en un terreno de disputa. Palabras con un peso histórico profundo —como “fascista”— se emplean para etiquetar, descalificar o describir posturas que una figura considera peligrosas, erróneas o dañinas.
Este fenómeno no es nuevo, pero sí se vuelve más visible en una era donde las conversaciones públicas se dan tanto en instituciones como en plataformas digitales.
El caso reciente entre Grecia Itzel Quiroz García, alcaldesa de Uruapan, y el senador Gerardo Fernández Noroña, es un ejemplo ilustrativo para analizar cómo ciertos términos pueden escalar un conflicto político y generar nuevas capas de tensión.
2. Línea de hechos: qué ocurrió y por qué importa
Tras el asesinato del entonces alcalde Carlos Manzo, su esposa Grecia Quiroz asumió la presidencia municipal de Uruapan, heredando no solo el cargo, sino un contexto complejo marcado por los enfrentamientos entre la autoridad local y el crimen organizado. En fechas recientes, Quiroz hizo declaraciones públicas en las que vinculó a actores políticos con el homicidio de Manzo. El senador Gerardo Fernández Noroña respondió señalando que tales acusaciones son “irresponsables” y calificó a la alcaldesa como “fascista”. El calificativo detonó reacciones inmediatas desde varias fuerzas políticas: algunos acusaron violencia política; otros defendieron el derecho a la crítica.
Más que el intercambio de declaraciones, importa lo que el episodio revela sobre el uso de ciertos términos en la vida pública.
3. Fascismo: de concepto histórico a arma discursiva
El fascismo original fue un movimiento político estructurado, con características reconocibles:
Control absoluto del poder, eliminación de la oposición, culto al liderazgo, nacionalismo extremo, intolerancia hacia cualquier disidencia.
Hoy, sin embargo, el término se usa para señalar conductas que se perciben como autoritarias, aunque no estén vinculadas a un proyecto totalitario.
¿Qué se pierde cuando se usa el término fuera de contexto?
La palabra deja de describir fenómenos reales y pasa a ser un adjetivo emocional. Se confunde a la ciudadanía, que puede asumir equivalencias que no existen entre hechos actuales y regímenes históricos. Se polariza la conversación, pues el término cierra puertas al diálogo y transforma una diferencia política en una confrontación moral absoluta.
4. La disputa política: ¿qué está realmente en juego?
Más allá del calificativo, el episodio evidencia tres tensiones políticas relevantes:
4.1. La legitimidad del señalamiento
La alcaldesa plantea un reclamo que involucra un asesinato político. El senador responde calificando la postura como parte de una estrategia con fines electorales.
Ambas narrativas intentan explicar un mismo hecho desde visiones distintas.
4.2. El uso del lenguaje como herramienta de poder
Decir “fascista” no describe únicamente un hecho: también puede
moldear la percepción pública, generar rechazo inmediato hacia la persona señalada, mover el debate hacia el terreno moral.
4.3. El efecto institucional
Cuando autoridades públicas sustituyen el diálogo por descalificaciones contundentes, se reduce el margen para:
esclarecer hechos, conciliar versiones, atender reclamos ciudadanos legítimos.
El calificativo se vuelve un bloqueo, no un puente.
5. Riesgos democráticos del mal uso del término “fascista”
El empleo indiscriminado de esta palabra puede generar:
1. Normalización del insulto político
Se vuelve parte del repertorio común y pierde su significado original.
2. Debilitamiento del debate público
Las etiquetas ocupan el espacio que debería estar destinado a la argumentación.
3. Incentivo a la polarización
Cualquier disentimiento se convierte en una batalla identitaria.
4. Ceguera ante verdaderas amenazas autoritarias
Si todo lo autoritario se califica como fascista, es más difícil identificar fenómenos realmente peligrosos.
5. Desplazamiento del foco del problema
En este caso, en vez de discutir las acusaciones de la alcaldesa y los hechos que las originan, la conversación gira alrededor del calificativo.
6. Reflexión final
El caso de Grecia Quiroz y Gerardo Fernández Noroña es útil para observar cómo una palabra puede transformar la naturaleza de un debate. No determina quién tiene razón o no; lo que muestra es cómo un calificativo puede influir más que los hechos mismos.
En Gobservadores buscamos separar ambos planos:
los hechos deben documentarse, los calificativos deben analizarse, la interpretación debe quedar en manos del lector.
Comprender el peso real de términos como “fascismo” ayuda a mantener la conversación pública en un terreno informado, responsable y útil para la vida democrática.